Publicado el marzo 15, 2024

Dejar de ver la jardinería como un manual de instrucciones y empezar a practicarla como una forma de arqueología botánica. Este es el cambio de paradigma que propone este artículo. Al investigar la biografía de cada planta —su viaje geográfico e histórico hasta llegar a tu jardín en España—, el cuidado deja de ser una rutina técnica para convertirse en un diálogo intuitivo con su legado. El resultado es un jardín no solo más bello y resiliente, sino también cargado de significado, una crónica viva de la historia natural.

¿Se ha preguntado alguna vez por qué ese rosal que cuida con esmero apenas florece, mientras que la lavanda prospera casi sin atención? Como jardinero aficionado en España, seguramente ha seguido todos los consejos: el riego adecuado, el abono en su momento, la poda precisa. La jardinería parece a menudo una ciencia exacta, una lista de tareas a cumplir para obtener un resultado. Buscamos soluciones en la química del sustrato, en la frecuencia del agua o en la exposición solar, tratando a nuestras plantas como mecanismos que deben responder a nuestros cuidados.

Pero, ¿y si la clave no estuviera en el «cómo», sino en el «de dónde»? ¿Y si el secreto para un jardín verdaderamente floreciente no residiera en seguir instrucciones genéricas, sino en convertirse en un explorador, un historiador de las especies que habitan su pequeño edén? La propuesta es radical: abandonar la visión del jardinero como un mero técnico para abrazar la del botánico-detective. Conocer el origen de una planta no es un dato curioso; es la llave maestra que nos permite entender su lenguaje, sus necesidades profundas y su memoria genética. Es descifrar la biografía que cada hoja, tallo y flor lleva inscrita en su ADN.

Este artículo le guiará en un viaje fascinante hacia las raíces —literal y figuradamente— de sus plantas. Exploraremos por qué comprender su linaje geográfico es crucial para su supervivencia, cómo puede rastrear esa historia usando herramientas al alcance de todos y qué significa realmente que una planta sea «de aquí», de España. Descubrirá las historias ocultas tras las especies más comunes de su jardín y aprenderá a identificar y rescatar tesoros botánicos que creían perdidos. Prepárese para cambiar su pala y sus tijeras de podar por la lupa de un historiador y el mapa de un explorador.

A lo largo de las siguientes secciones, desvelaremos los secretos que cada planta guarda sobre su pasado. Este recorrido le proporcionará las herramientas y el conocimiento para transformar su jardín en una crónica botánica personal, un lugar donde cada especie no solo crece, sino que también cuenta una historia.

¿Por qué las plantas que conoces su origen sobreviven un 60% más en tu jardín?

El dato, aunque pueda parecer una hipérbole, encierra una verdad fundamental: una planta es la memoria viva de su paisaje natal. Ignorar su origen es como intentar mantener una conversación sin conocer el idioma de nuestro interlocutor. Al comprender de dónde viene una planta, no solo aprendemos sobre sus necesidades de luz, agua y suelo, sino que desciframos su «constitución» genética, forjada a lo largo de milenios de adaptación a un clima, a unos polinizadores específicos y a unas relaciones simbióticas con el ecosistema. Una planta de clima alpino nunca prosperará plenamente en una costa mediterránea, no por falta de cuidados, sino porque su ser entero está programado para inviernos helados y veranos cortos.

El éxito del cultivo radica en la capacidad de recrear, o al menos respetar, esa memoria geográfica. Conocer el origen nos permite anticipar sus debilidades y fortalezas. Por ejemplo, una planta de un sotobosque húmedo necesitará protección del implacable sol de la meseta en verano, mientras que una especie de dehesa extremeña estará genéticamente preparada para la sequía estival. Este conocimiento nos convierte en aliados de la planta, no en sus domadores. Dejamos de imponer condiciones y empezamos a ofrecer un entorno que le «recuerda a casa».

Esta conexión con el origen es especialmente crítica en proyectos de restauración ecológica. Como demuestran diversos estudios en España, la eliminación de especies invasoras y la reintroducción de vegetación nativa permiten la recuperación del ecosistema a sus niveles originales. ¿La razón? Las plantas autóctonas ya poseen el «software» genético para interactuar con la fauna y la microfauna local, establecer simbiosis con los hongos del suelo y resistir las plagas y condiciones climáticas de la región. Al traer esto a nuestro jardín, no solo aumentamos las probabilidades de supervivencia de una planta, sino que también contribuimos a la resiliencia del pequeño ecosistema que estamos creando.

Para aplicar este principio, es vital considerar tres factores clave:

  • Compatibilidad edáfica: No basta con saber que una planta es «española». Hay que verificar que sea autóctona del área geográfica específica y sus ecosistemas naturales. Un roble melojo (Quercus pyrenaica) de la Sierra de Guadarrama no tiene las mismas adaptaciones que una encina (Quercus ilex) del litoral andaluz.
  • Relaciones simbióticas: Muchas plantas dependen de relaciones mutualistas con animales y hongos del suelo para establecerse con garantía. Al plantar especies locales, facilitamos estas conexiones vitales que a menudo son invisibles a nuestros ojos.
  • Adaptación genética local: Incluso dentro de la misma especie, existen ecotipos con características morfológicas propias, fruto de siglos de adaptación. Siempre que sea posible, debemos priorizar plantas cuyo material genético provenga de poblaciones locales.

En definitiva, el espectacular aumento en la supervivencia no es magia, sino el resultado lógico de alinear nuestras prácticas de jardinería con millones de años de evolución. Es el respeto por la biografía de la planta.

¿Cómo rastrear el origen geográfico de cualquier planta usando recursos online?

Convertirse en un arqueólogo botánico en el siglo XXI es más fácil que nunca. Gracias a la digitalización de herbarios y a la ciencia ciudadana, disponemos de herramientas online extraordinariamente potentes para rastrear la biografía de casi cualquier planta. Olvídese de pesados tomos botánicos; su ordenador o móvil es ahora la puerta de entrada a los archivos naturales del mundo. Estas bases de datos no solo nos dicen el nombre científico, sino que nos muestran mapas de distribución detallados que son el punto de partida de nuestra investigación.

El objetivo de esta pesquisa digital es responder a preguntas clave: ¿En qué continentes, países o regiones crece esta planta de forma natural? ¿Vive en zonas montañosas, costeras, desérticas o boscosas? ¿Qué tipo de clima predomina en su hábitat original? Esta información es oro puro. Si descubre que su nueva adquisición es originaria de los bosques nubosos de los Andes, entenderá inmediatamente su necesidad de alta humedad ambiental y su aversión al sol directo y al calor seco del verano español.

Para los jardineros en España, una herramienta es absolutamente imprescindible: Anthos. Este sistema de información, desarrollado por el prestigioso Real Jardín Botánico-CSIC, es la base de datos de referencia sobre las plantas de España. Permite realizar búsquedas por nombre común o científico y obtener mapas de distribución por provincias, así como información taxonómica detallada. Es el primer paso para saber si una planta es realmente autóctona y de qué zona específica del país procede. Pero la investigación no tiene por qué detenerse en nuestras fronteras.

Para ampliar la búsqueda a nivel global y comparar distintas herramientas, la siguiente tabla ofrece una guía práctica y concisa para el explorador botánico digital.

Herramientas online para identificar el origen de plantas
Herramienta Alcance Mejor uso
Anthos (CSIC) España Distribución nacional detallada
GBIF (Global Biodiversity Information Facility) Global Filtros por región/país para ver avistamientos reales
Flora Ibérica Península Ibérica Información botánica completa y claves de identificación

Utilizar estas plataformas transforma la compra de una planta. Ya no se trata solo de su atractivo estético en el vivero, sino de una investigación previa que nos asegura que podremos ofrecerle un hogar adecuado. Es el paso de ser un comprador impulsivo a un custodio informado.

¿Qué significa realmente que una planta sea autóctona de España?

La etiqueta «autóctona» puede ser engañosa si se interpreta de forma simplista. No significa simplemente que una planta crece en España, sino que su linaje ha evolucionado en un territorio concreto de la península o sus islas sin intervención humana directa, formando parte integral de sus ecosistemas desde tiempos inmemoriales. España, por su compleja orografía y su posición entre dos continentes y dos mares, es un hervidero de biodiversidad. Hablar de una planta «autóctona de España» es, en realidad, hablar de una planta adaptada a un mosaico de microclimas y ecosistemas radicalmente distintos.

Mapa visual mostrando la diversidad biogeográfica de España con diferentes ecosistemas y sus plantas características

Como se puede apreciar en la diversidad de paisajes, una planta autóctona de los Pirineos no tiene nada que ver con una de las marismas de Doñana o una del desierto de Tabernas. Cada una es el resultado de una historia evolutiva única. Por ello, el verdadero significado de «autóctona» es local. Una planta es autóctona de una comarca, de una sierra, de un valle. Este matiz es crucial para el jardinero, pues garantiza una adaptación genética casi perfecta al lugar donde se va a plantar.

Dentro de las autóctonas, existe una categoría aún más especial: los endemismos. Se trata de especies que solo crecen de forma natural en un área geográfica muy restringida y en ninguna otra parte del mundo. Como bien resume un informe de TheCircularLab, el brazo de innovación de Ecoembes:

España cuenta con 10.000 especies de plantas diferentes, con más de 6.500 plantas autóctonas, unos 1.500 endemismos únicos en el mundo y otros 500 endemismos compartidos con el norte de África

– TheCircularLab – Ecoembes, Informe sobre biodiversidad española

Este dato revela la enorme responsabilidad que tenemos. Un endemismo canario como el tajinaste rojo (Echium wildpretii) o una joya balear como el Cyclamen balearicum son tesoros botánicos cuyo futuro depende de la conservación de sus hábitats. Cultivarlos fuera de su rango natural es posible, pero requiere un profundo conocimiento de su origen para simular sus condiciones. Por el contrario, una planta alóctona o exótica es aquella que ha sido introducida por el ser humano desde otra región biogeográfica, voluntaria o involuntariamente. Muchas se han aclimatado y forman parte de nuestro paisaje cultural (como los naranjos), pero otras pueden convertirse en un grave problema.

Así, elegir una planta autóctona no es un acto de nacionalismo botánico, sino de inteligencia ecológica. Es apostar por una especie que ya «sabe» cómo vivir en nuestro entorno, reduciendo la necesidad de riegos, fertilizantes y pesticidas, y fomentando a su vez la fauna local que depende de ella.

Las 6 plantas que nunca deberías plantar en jardines españoles por ser invasoras

No todas las plantas exóticas son problemáticas, pero algunas poseen una capacidad de adaptación y reproducción tan agresiva que escapan de nuestros jardines y colonizan los ecosistemas naturales, desplazando a las especies autóctonas y causando graves daños ecológicos y económicos. Son las llamadas especies exóticas invasoras (EEI), y el jardinero tiene una responsabilidad ineludible en frenar su expansión. Plantar una de ellas, por muy atractiva que parezca en el vivero, es como abrir una caja de Pandora botánica.

En España, la lucha contra estas especies está regulada por un marco legal estricto. Concretamente, el Real Decreto 630/2013 establece el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras. Este documento no es un capricho administrativo; es una herramienta de defensa de nuestra biodiversidad que prohíbe la posesión, transporte, tráfico y comercio de las especies incluidas. La ley se fundamenta en el principio de precaución: cualquier especie que constituya una «amenaza grave para las especies autóctonas, los hábitats o los ecosistemas» debe ser controlada.

Muchas de estas plantas fueron introducidas con fines ornamentales, por su rápido crecimiento y su espectacular floración, sin prever las consecuencias. Hoy, su control cuesta millones de euros a las arcas públicas. A continuación, se presentan seis de las invasoras más peligrosas y comunes en España que, bajo ningún concepto, deberían formar parte de un jardín responsable:

  1. Hierba de la Pampa (Cortaderia selloana): Sus vistosos plumeros blancos son un icono de las medianas de autopistas, pero cada uno de ellos libera miles de semillas que el viento dispersa a kilómetros, colonizando marismas, dunas y riberas.
  2. Uña de gato (Carpobrotus edulis): Introducida para fijar taludes, esta suculenta forma alfombras impenetrables en los sistemas dunares costeros, ahogando a la flora endémica y alterando la composición del suelo.
  3. Ailanto o «árbol del cielo» (Ailanthus altissima): Extremadamente resistente a la sequía y la contaminación, se expande de forma imparable a través de sus raíces y semillas, invadiendo solares, cunetas e incluso parques naturales.
  4. Acacia (Varias especies, como Acacia dealbata): De crecimiento muy rápido y flores amarillas atractivas, las acacias acidifican el suelo e impiden el crecimiento de otras plantas, creando bosques monoespecíficos y muy inflamables.
  5. Budleja o «arbusto de las mariposas» (Buddleja davidii): Aunque atrae a las mariposas, su capacidad para producir millones de semillas la convierte en una colonizadora experta de riberas y terrenos baldíos, desplazando a la flora nativa.
  6. Jacinto de agua (Eichhornia crassipes): Considerada una de las peores plantas invasoras acuáticas del mundo, forma densos tapices sobre ríos y humedales, impidiendo el paso de la luz y agotando el oxígeno del agua.

La alternativa es sencilla y enriquecedora: optar por la inmensa variedad de especies autóctonas, que ofrecen la misma belleza ornamental sin suponer una amenaza para el valioso patrimonio natural de España.

¿Cuándo llegaron a España las plantas que hoy consideras comunes?

Pasear por cualquier jardín español es realizar un viaje involuntario a través de la historia de las exploraciones, el comercio y las conquistas. Muchas de las plantas que consideramos «nuestras», como geranios, patatas, tomates o petunias, son en realidad inmigrantes botánicas cuyas historias están íntimamente ligadas al devenir de España como potencia global. Conocer su periplo no solo es fascinante, sino que nos ayuda a entender su comportamiento y sus necesidades.

El gran punto de inflexión fue, sin duda, el descubrimiento de América en 1492. Las carabelas no solo trajeron oro y plata, sino un tesoro botánico que transformaría la agricultura, la gastronomía y la jardinería europeas para siempre. Plantas hoy tan básicas en nuestra dieta como la patata, el tomate, el pimiento, el maíz o el calabacín iniciaron entonces su viaje desde el Nuevo Mundo. En el plano ornamental, flores como las dalias (México), las capuchinas (Perú) o las petunias (Argentina) llegaron para llenar de colores exóticos los jardines del viejo continente.

Composición artística mostrando especias y plantas que llegaron a España a través de diferentes rutas comerciales históricas

Otras plantas que asociamos profundamente con el paisaje mediterráneo tienen orígenes más antiguos. Los romanos, grandes ingenieros y agrónomos, extendieron por toda la península cultivos como la vid y el olivo. Los árabes, con su refinado arte de la jardinería, introdujeron el naranjo amargo, el limonero, la alcachofa y un sinfín de plantas aromáticas y ornamentales, creando vergeles paradisíacos como los del Generalife en Granada. La historia de los jardines españoles, como los de las residencias reales de Aranjuez o La Granja, es un reflejo de estas sucesivas oleadas de influencias, adaptando estilos como el francés al clima seco y cálido de la meseta castellana.

Finalmente, muchas de nuestras plantas de jardín más queridas tienen un origen más cercano: Sudáfrica. Especies como los geranios (en realidad, Pelargonium), las agapantos o las clivias fueron «descubiertas» por los exploradores europeos en el Cabo de Buena Esperanza a partir del siglo XVII y traídas a Europa, donde su espectacular floración y resistencia las convirtieron en favoritas.

Saber que el geranio de su balcón es un descendiente de plantas que crecían en las laderas de Sudáfrica nos da una pista sobre su amor por el sol y su tolerancia a la sequía. Entender que el tomate es una planta de origen andino nos explica su sensibilidad a las heladas. La jardinería se convierte así en una crónica viva.

¿Cómo identificar la familia de una planta observando solo sus hojas y flores?

Identificar la familia botánica de una planta a simple vista puede parecer una habilidad reservada a expertos, pero con un poco de observación y conociendo algunos patrones clave, cualquier jardinero curioso puede empezar a agrupar las plantas como lo haría un botánico. Esta habilidad es una herramienta de diagnóstico potentísima. Si reconoce que una planta pertenece a la familia de las Lamiáceas, por ejemplo, puede inferir casi con certeza que tendrá un tallo cuadrado, hojas opuestas y aromáticas, y que probablemente será resistente y necesitará mucho sol, como sus primas la lavanda, el romero o la salvia.

El truco está en no fijarse en el aspecto general, sino en los detalles estructurales de las hojas y, sobre todo, de las flores. La flor es el «DNI» de una planta; su estructura (número de pétalos, sépalos, estambres) es mucho más constante a nivel de familia que el color o el tamaño. Observar estos detalles nos permite ver más allá de la apariencia superficial y reconocer los patrones de parentesco que unen a plantas aparentemente muy distintas.

Por ejemplo, la familia de las Asteráceas (o Compuestas) es una de las más extensas y se reconoce porque lo que parece una única flor (como en una margarita o un girasol) es en realidad una inflorescencia compacta llamada «capítulo», compuesta por decenas o cientos de flores diminutas. Si ve este tipo de estructura, ya sabe que está ante un miembro de esta familia, que incluye desde la lechuga y la alcachofa hasta el cardo y la manzanilla.

Otro gran grupo es el de las Fabáceas (o Leguminosas). Su característica más distintiva es la flor «amariposada» y su fruto en forma de legumbre (vaina). Si ve una planta con estas características, sabrá que pertenece a la misma familia que los guisantes, las judías, las acacias o los tréboles. Muchas de ellas, además, tienen la valiosa capacidad de fijar nitrógeno en el suelo.

Plan de acción: Guía rápida de identificación botánica en campo

  1. Observar la disposición de las hojas: ¿Son alternas (una por nudo), opuestas (dos por nudo, una frente a la otra) o verticiladas (tres o más por nudo)? Este es uno de los primeros filtros de identificación.
  2. Verificar la forma del tallo: Palpe el tallo. Un tallo de sección cuadrada es un indicio casi seguro de que la planta pertenece a la familia de las Lamiáceas (mentas, romeros, tomillos).
  3. Analizar la simetría floral: Observe una flor de frente. ¿Tiene simetría radial (se puede dividir en mitades iguales por varios planos, como una margarita) o bilateral (solo por un plano, como una orquídea o una flor de romero)?
  4. Comprobar el tipo de inflorescencia: ¿Las flores están solitarias o agrupadas? Si están agrupadas en capítulos (como una margarita) son Asteráceas. Si están en umbelas (como un paraguas) son Apiáceas (hinojo, zanahoria).
  5. Buscar características aromáticas: Frote una hoja entre sus dedos y huélela. Un aroma característico puede ser una pista clave (Lamiáceas, Apiáceas, Rutáceas como los cítricos).

Practicar esta «gimnasia» visual en su propio jardín o en sus paseos por el campo le permitirá, poco a poco, construir un mapa mental de las relaciones botánicas. Dejará de ver un conjunto de individuos para empezar a ver un árbol genealógico fascinante.

Cómo cultivar rosales antiguos en macetas de terrazas urbanas sin perder floración

Cultivar rosales antiguos en una terraza urbana en España puede parecer un desafío. Estas variedades, con su porte a menudo desgarbado y su floración única y perfumada, parecen pertenecer a jardines de campo y pazos gallegos. Sin embargo, conociendo su «biografía» y adaptando las técnicas al entorno limitado y a menudo hostil de una maceta bajo el sol mediterráneo, es totalmente posible disfrutar de su encanto nostálgico sin renunciar a una floración generosa. El secreto no está en darles más cuidados, sino en darles los cuidados correctos, pensando como lo haría el rosal.

A diferencia de los rosales híbridos modernos, muchos rosales antiguos tienen un único y espectacular pico de floración en primavera. Entender esto es crucial para no frustrarse esperando nuevas flores en agosto. Nuestro objetivo será maximizar esa floración y asegurar que la planta llegue sana y fuerte a ese momento. El principal enemigo en una terraza será el estrés térmico en las raíces. Una maceta de plástico oscuro bajo el sol de julio puede alcanzar temperaturas letales para las delicadas raíces del rosal. Por tanto, la elección del contenedor y su protección es el primer mandamiento.

El segundo pilar es la gestión del agua. El riego debe ser profundo y espaciado, en lugar de superficial y frecuente. Debemos permitir que el sustrato se seque ligeramente entre riegos para oxigenar las raíces y evitar la asfixia y las enfermedades fúngicas. Un rosal con «los pies mojados» constantemente es un rosal infeliz. La programación del riego a primera hora de la mañana minimiza la evaporación y prepara a la planta para el calor del día.

Finalmente, la poda debe adaptarse al ciclo mediterráneo y al tipo de rosal. No se poda igual un rosal trepador antiguo que un arbustivo. Como norma general para muchos rosales antiguos que florecen sobre madera del año anterior, la poda principal se realiza justo después de la floración, para fomentar la producción de nuevas ramas que florecerán la primavera siguiente. Una poda ligera en febrero servirá para dar forma y eliminar madera muerta. Las siguientes técnicas, probadas en el contexto español, son la hoja de ruta para el éxito:

  • Seleccionar macetas de terracota clara de mínimo 50cm de diámetro para un mejor aislamiento térmico de las raíces.
  • Aplicar una capa gruesa de mulching con corteza de pino local para proteger el sustrato del calor extremo y conservar la humedad.
  • Establecer un riego por goteo programado para las horas más frescas (idealmente entre las 6 y las 8 de la mañana).
  • Instalar una malla de sombreo del 30% durante los meses de julio y agosto, especialmente en las horas centrales del día, si la terraza está muy expuesta.
  • Adaptar la poda al ciclo mediterráneo, con una poda principal en febrero y una de mantenimiento en noviembre, siempre después de la floración principal para las variedades que florecen en madera vieja.

Con estas estrategias, su terraza no tendrá nada que envidiar a los jardines históricos, convirtiéndose en un refugio para el legado y el perfume de los rosales que enamoraron a nuestros antepasados.

A recordar

  • La jardinería es arqueología botánica: entender el origen de una planta es más importante que seguir instrucciones genéricas.
  • España posee una biodiversidad vegetal inmensa, pero «autóctono» es un concepto local: prioriza plantas de tu comarca.
  • La responsabilidad del jardinero incluye no plantar especies exóticas invasoras, cuya lista está regulada por ley.

Las 8 flores que tus abuelos cultivaban y que ya no se encuentran en viveros

Existe una nostalgia floral, un recuerdo de los jardines de nuestros abuelos llenos de colores y perfumes que hoy parecen desvanecidos. Flores como los alelíes, las malvarrosas, los claveles reventones o las bocas de dragón, que eran omnipresententes en los patios y arriates de antaño, se han vuelto curiosamente difíciles de encontrar en los grandes viveros comerciales. No es una simple percepción; es el resultado de una estandarización del mercado que prioriza la novedad, la floración prolongada y la facilidad de transporte sobre el carácter, el perfume y el legado histórico.

Muchas de estas variedades tradicionales son especies anuales o bienales que se resiembran solas, creando un ciclo natural y un tanto anárquico en el jardín. Esta imprevisibilidad choca con la lógica industrial de los viveros modernos, que prefieren plantas perennes de crecimiento controlado y aspecto uniforme. Además, algunas de estas variedades antiguas, al no haber sido «mejoradas» genéticamente, pueden ser más susceptibles a ciertas plagas o tener una ventana de floración más corta, lo que las hace menos «rentables» comercialmente.

Bodegón nostálgico con flores tradicionales españolas como malvarrosa, alelíes y claveles sobre mesa de madera antigua

En algunos casos, la rareza de estas plantas se debe también a un marco de protección. Como establece la Ley 42/2007 del Patrimonio Natural y la Biodiversidad, las especies incluidas en el Catálogo Español de Especies Amenazadas solo pueden ser comercializadas por razones muy específicas de conservación, educación o investigación. Esto, aunque necesario para su protección en la naturaleza, puede limitar su disponibilidad para el jardinero aficionado, que debe recurrir a canales alternativos para hacerse con ellas.

Rescatar estas joyas botánicas es un acto de resistencia contra la uniformidad y una forma de preservar un patrimonio genético y cultural invaluable. Es volver a un jardín con alma, con historia y con los perfumes de la infancia. Afortunadamente, no todo está perdido. Existen redes de guardianes de semillas y viveristas especializados que mantienen vivo este legado. Aquí es donde el jardinero explorador encuentra su misión final: buscar, encontrar y reintroducir estas flores en nuestros jardines. El camino para ello pasa por:

  • Explorar la Red de Semillas ‘Resembrando e Intercambiando’, donde particulares intercambian semillas de variedades tradicionales.
  • Consultar los catálogos de viveros especializados en flora autóctona o viveros forestales regionales, que a menudo tienen joyas ocultas.
  • Contactar con bancos de germoplasma para solicitar, si el fin es la conservación, material vegetal de variedades locales.
  • Visitar mercados locales de planteles en primavera, donde pequeños productores tradicionales a veces venden excedentes de sus huertas y jardines.
  • Unirse a asociaciones de conservación botánica como ARBA (Asociación para la Recuperación del Bosque Autóctono) o grupos similares.

Este esfuerzo de búsqueda y rescate es la culminación del viaje. Para que no caigan en el olvido, es vital conocer las flores tradicionales que cultivaban nuestros abuelos y cómo recuperarlas.

Al plantar una malvarrosa (Alcea rosea), un alelí (Matthiola incana) o un clavel de poeta (Dianthus barbatus), no solo estamos añadiendo una flor a nuestro jardín; estamos salvando un pequeño fragmento de nuestra historia y asegurando que las futuras generaciones puedan disfrutar de su belleza y su perfume.

Questions fréquentes sur el origen de las plantas y su cultivo

Escrito por Elena Romero, Elena Romero es botánica con doctorado en Sistemática Vegetal por la Universidad Complutense de Madrid y 15 años de experiencia en conservación de flora ibérica. Trabaja como investigadora en el Real Jardín Botánico de Madrid y coordina proyectos de recuperación de especies autóctonas en peligro, especializándose en familias botánicas mediterráneas y su clasificación taxonómica aplicada a jardinería.